Bienvenidos a nuestro encuentro semanal con la literatura musical. Este martes vamos a acercarnos a la compositora surcoreana YounghiPagh Paan (1945). De su biografía,diremos que se formó en la Universidad Estatal de Seul. En 1974, becada por la Universidad de Friburgo, estudia nada menos que con Hans Huber y Brian Ferneyhough. Cuatro años más tarde, obtieneel Primer Premio de Composición de Boswil (Suiza), así como otros en París y Corea, con su obra para clarinete y trío de cuerda titulada Man-Nam.Pero no es hasta el estreno de Sori (en coreano, "sonido"), cuando alcanza un mayor reconocimiento internacional, gracias a la formulación de un lenguaje ya propio, que se define en un fragmento orquestal, donde caben alusiones sonoras en forma de canciones, gritos, exclamaciones, etc. Afincada en Alemania, sigue la estela y gran experiencia en ese país de su compatriota Isang Yun, quien contribuye a desarrollar el concepto de escucha de Extremo Oriente, en el que son esenciales el espacio y el tiempo. Younghi Pagh Paan continúa durante las décadas de 1970 y 1980 componiendo: Num (Nieve, 1979), Madi (1981), NO-UI (Atardecer, 1985), etc. En la década de 1990, muestra un especial interés por la mitología griega y después de 2000 se centra en la música religiosa. Desde 1994 es profesora de Composición en la Universidad de Bremen.
Este martes dedicamos especial atención a su obra PYON-KYONG para piano y percusión (1982). Como en otras de sus composiciones, la partitura busca la integración de las músicas coreana y occidental, mediante sonidos de gran expresividad que trascienden la subjetividad personal, alcanzando la comunicación universal. En 1983, explica su criterio estético en un escrito que hace hincapié en la derivación de los parámetros utilizados de la estructura de la música coreana (espacio y armonía a partir de "acordes madre", con permutaciones de notas fluctuantes). También subraya la no distinción entre ruido y sonido en Corea. La influencia de los repertorios populares, sobre todo de los pansori (canciones épicas con cantante y percusión), así como del silencio, son otros elementos permanentes en su catálogo, que también incluye obras con medios electrónicos, como ha destacado el crítico Max Nyffeler o su biógrafa Claudia M. Zey.Younghi Pagh Paan escribió acerca del título PYON-KYONG que alude a un instrumento chino-coreano formado por piedras afinadas de nefrita (desde 1425), que cuelgan en una estructura de madera formando grupos de 16 (tradicionalmente escultóricas). Su afinación cubre un intervalo de décima, pero con distancias desiguales. Destaca el instrumento por su claridad. Utiliza, por tanto, el piano y la percusión en la búsqueda de su sonido refinado. El concepto Taoísta de la división de instrumentos en ocho grupos según su material (metal, piedra, cuerda, bambú, etc.) es aplicado en la obra (el piano representa el instrumento de cuerda, y acompañado de crótalos, se transforma en sonido de piedras,o de bambú, según la utilización de las cuerdas). El grupo de percusión está formado por siete instrumentos de metal, seis de madera, cinco de piel y cristales y conchas).Como la propia compositora expresa: "Mi música no está basada en la intuición, sino que tiene una estructura lógica, racional. La Naturaleza está organizada según principios orgánicos y estructuras lógicas. Busco esa organización en mi música [...]".
El decálogo imprescindible: los derechos del lector
1. El derecho a no leer. La libertad de escribir no debe ir acompañada del deber de leer. Se evitará considerar a priori a cualquier individuo que no lee, un bruto potencial o un cretino contumaz.
2. El derecho a saltarse las páginas. Uno puede saltarse perfectamente los párrafos, páginas o partes del libro que no le interesan.
3. El derecho a no terminar un libro. Hay 36.000 motivos para abandonar una novela antes del final: la historia no interesa, sensación de haberla leído antes, no gusta el tema... ¿Un libro se nos cae de la mano? Que se caiga.
4. El derecho a releer. Se puede releer simplemente por el placer de la repetición, la alegría del reencuentro.
5. El derecho a leer cualquier cosa. Se pueden leer malas novelas. A cierta edad pueden estimular el saludable vicio de la lectura.
6. El derecho al bovarismo. La satisfacción inmediata y exclusiva de las sensaciones. No porque una joven coleccione novelas rosas acabará tragándose una cuchara de arsénico.
7. El derecho a leer en cualquier lugar. Un ejemplo vale más que mil palabras: el soldado Fulano se presenta voluntario para limpiar las letrinas. Es un trabajo despreciable pero rápido. Un cuarto de hora de bayeta le permite leer las obras completas de Gógol.
8. El derecho a hojear. Coger cualquier volumen de la biblioteca y hojearlo. Se puede abrir Proust, Shakespeare o Chandler por cualquier parte; seguro que proporciona cinco minutos interesantes.
9. El derecho a leer en voz alta. Leer en voz alta para uno mismo o para los otros es un ejercicio estimulante.
10. El derecho a callarnos. Absoluto derecho a no opinar sobre lo que se ha leído.
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