Bienvenidos un nuevo martes a nuestra seccióndedicada a la literatura musical. Hoy recordamos al finlandés Jean Sibelius (1865-1957). Después de una primera etapa de marcada influencia de Tchaikovski y Brahms, en 1889 prosigue sus estudios en Berlín y Viena. Es a partir de 1895, tras su estudio del poema épico nacional Kalevala (recopilado en 1835), cuando inicia una nueva trayectoria con la composición de obras orquestales que le convertirán en el representante nacionalista de su país, frente al dominio ruso (en 1917 obtendrá la independencia). Además de sus siete sinfonías, escribe doce poemas sinfónicos, entre los que sobresalen Finlandia, La hija de Pohjola y Tapiola.También compone música incidental para teatro (como Karelia), obras corales, piezas para violín y piano y una extensa serie de canciones. Todo este catálogo le hizo merecedor del pleno reconocimiento en su país y un gran éxito en Inglaterra y Estados Unidos (allí viajó en 1913 y fue decisivo el apoyo del afamado crítico Olin Downes). Sin embargo, sufre la incomprensión de sus composiciones en Centroeuropa, donde se le acusa de mantenerse al margen de los avances del Stravinski y el Atonalismo y sufre críticas férreas por parte de figuras como Strobel y Adorno. Gracias a una pensión vitalicia del gobierno finlandés, se retira a una villa campestre a las afueras de Helsinki, donde sus problemas de salud le condicionan una existencia marcada por la austeridad y aislamiento, así como una limitación de sus condiciones creativas, de las que tenemos ejemplos hasta los años de la década de 1920. Más tarde, Stravinski reconoció su admiración por algunas de sus obras y la crítica recuperó su figura, reivindicada por compositores como Feldman, Rihm o Murail.
La obra que viene a nuestra memoria hoy es el famoso Concierto para violín en Re menor Opus 47. Se trata de la única muestra dentro de esta forma que nos legó Sibelius y forma parte del repertorio habitual de los intérpretes de este instrumento.Sibelius conocía bien el lenguaje idiomático del violín, por lo que no necesitó asesoramiento de ningún concertista, como en el caso de otros ejemplos (Mendelssohn, Brahms, Tchaikovski, etc.). Dedicado a Willy Burmester, fue estrenado en 1903 (fecha de su firma) en Helsinki por Victor Novacek, siendo objeto de censura "por su dependencia excesiva de modelos románticos y su falta de aportaciones".El mismo Sibelius, que se caracterizaba por una gran autoexigencia, sometió a la composición a un proceso de revisión. En 1905 fue estrenada por Richard Strauss y la Filarmónica de Berlín con el violinista Karel Halff.Esta versión, dedicada al "niño prodigio" Ferec von Vecsey, presenta una simplificación encaminada a la obtención de una máxima expresión, superando el mero lucimiento, pero con extensos pasajes a solo. Por otra parte, presenta una mayor refinamiento orquestal, con más coherencia y fluidez formal, típicas del autor. Vemos, por tanto, caracteres propios de la escritura de Sibelius como la eliminación de lo superficial, su concisión a diferencia de sus contemporáneos Mahler y Strauss (en 1907 discute con el primero su concepción sinfónica en Viena), su estilo basado en la repetición de pequeños fragmentos en constante crecimiento, ostinato y crescendi lentos y la utilización de grandes pedales.Parte del material melódico de los movimientos primero y tercero descienden en cuartas como en algunas canciones populares finlandesas. Su predilección por los colores oscuros en maderas y cuerdas otorga una nueva sonoridad inconfundible. Otra cuestión es su preferencia por un Nacionalismo introspectivo, en el que no reproduce temas folklóricos, sino que evoca el paisaje como sensación visual, la luz y penumbra de los bosques finlandeses, en un intento de plasmar los sonidos de la Naturaleza, a través de un pleno dominio de las formas orquestales. Como el propio Sibelius escribió, su música no es sino el reflejo de "una aparición de entre los bosques".
El decálogo imprescindible: los derechos del lector
1. El derecho a no leer. La libertad de escribir no debe ir acompañada del deber de leer. Se evitará considerar a priori a cualquier individuo que no lee, un bruto potencial o un cretino contumaz.
2. El derecho a saltarse las páginas. Uno puede saltarse perfectamente los párrafos, páginas o partes del libro que no le interesan.
3. El derecho a no terminar un libro. Hay 36.000 motivos para abandonar una novela antes del final: la historia no interesa, sensación de haberla leído antes, no gusta el tema... ¿Un libro se nos cae de la mano? Que se caiga.
4. El derecho a releer. Se puede releer simplemente por el placer de la repetición, la alegría del reencuentro.
5. El derecho a leer cualquier cosa. Se pueden leer malas novelas. A cierta edad pueden estimular el saludable vicio de la lectura.
6. El derecho al bovarismo. La satisfacción inmediata y exclusiva de las sensaciones. No porque una joven coleccione novelas rosas acabará tragándose una cuchara de arsénico.
7. El derecho a leer en cualquier lugar. Un ejemplo vale más que mil palabras: el soldado Fulano se presenta voluntario para limpiar las letrinas. Es un trabajo despreciable pero rápido. Un cuarto de hora de bayeta le permite leer las obras completas de Gógol.
8. El derecho a hojear. Coger cualquier volumen de la biblioteca y hojearlo. Se puede abrir Proust, Shakespeare o Chandler por cualquier parte; seguro que proporciona cinco minutos interesantes.
9. El derecho a leer en voz alta. Leer en voz alta para uno mismo o para los otros es un ejercicio estimulante.
10. El derecho a callarnos. Absoluto derecho a no opinar sobre lo que se ha leído.
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